lunes, 20 de septiembre de 2010

La dicotomía de nuestro cine de industria

Este año hemos estrenado 7 largometrajes de ficción.

Manuel de Ribera, Velódromo, La vida de los peces, Mitos y Leyendas, Mandril, Tendida mirando las estrellas y La Esmeralda 1879. De estas 7 producciones 3 tienen ayuda pública, las 4 restantes son iniciativas 100% privadas.

Las 7 producciones nacionales estrenadas tienen un factor en común, el bajo comportamiento en salas. Parece no haber una razón única que explique la baja de público. El tema de las audiencias es al parecer más complejo de lo que parece.

Hay quienes han instalado un juicio simplista y equivoco, pero que resuena rápidamente de boca en boca hasta instalarse como una verdad, “el cine chileno le da las espaldas al público”.

Si analizamos las 7 producciones estrenadas, podemos ver en su creación cierto grado de diversidad, desde un cine bastante intelectual y simbólico como “Manuel de Ribera” una comedia de conversaciones como “La vida de los peces” una súper producción al estilo Holywood, como “Mitos y Leyendas”, un relato bicentenario como “La Esmeralda” y “Tendida mirando a las estrellas” como un retrato del Chile que no queremos ver, al lado de una película de peleas marciales con un héroe desamparado, como “Mandril”.

La existencia de esta diversidad habla entonces de una infinidad de estilos y miradas desde el cine. Esta diversidad es el primer argumento que derriba la hipótesis que plantea a creadores que le dan la espalda al público.

El Estado Chileno lleva algo más de 18 años apoyando la industria audiovisual nacional. Desde una pequeña división de cine radicada en el Ministerio de Educación hasta un Consejo Audiovisual con un abanico de medidas que persiguen “Fomentar la Industria”. Estos apoyos han ido creciendo año a año y abarcando las diversas etapas de la cadena de producción de una película. Hoy

Un segundo fenómeno que llama la atención es que de las películas chilenas estrenadas hay algunas que claramente responden a una producción destinada a público masivo, tales como La Esmeralda, o Mandril, es decir, en un sentido simple, cine de industria. Lo extraño es que se repite en el comportamiento de nuestro sector, que aquellas producciones suelen no tener apoyo del Estado. Algunas porque simplemente han optado por amar un modelo de negocio privado, otras porque los concursos públicos han estimado por razones que no conocemos, no apoyarlas.

Sin embargo todos los instrumentos que pone a disposición el Estado para fomentar el audiovisual en su estructura y en su lógica son completamente de industria.

Nuestro país vive una dicotomía pública. Nuestros productores se han profesionalizado, y han aprendido de manera notable a ocupar los instrumentos públicos, sorteando evaluaciones técnicas y artísticas internacionales, sesiones de pitching en las que además de medir su obra miden su capacidad oratoria y actoral. También han aprendido a desenvolverse en el mundo, muchos de ellos hablan más de 2 lenguas y se debaten perfectamente en cualquier mesa de negocio, en cualquier espacio de Industria a nivel mundial en búsqueda de financiamiento o socios.

La dicotomía pública se deja ver cuando el Estado habla de industria. ¿A que se refiere el Estado entonces cuando habla de Industria si es el primero en declarar que el cine chileno le da la espalda al público?

El cine financiado por el estado es en realidad cine de autor. Ninguna de las películas estrenadas este año (aunque podríamos hablar de varios años a al fecha) está destinada naturalmente a públicos masivos. En general, en Chile hacemos cine de públicos segmentados.

El cine chileno, en los últimos años, si bien ha bajado su comportamiento en salas, al mismo tiempo se ha logrado instalar en el escenario internacional. Todos los años desde hace varios alguna producción chilena compite en los más destacados festivales de cine del mundo. Varias de nuestras películas han logrado críticas internacionales envidiables, que hablan de autores sensibles, relatos densos, lenguajes simbólicos desarrollados, direcciones artísticas notables.

Esa es nuestra industria.

Por otro lado, aquellas películas que si han sido destinadas desde su creación a públicos masivos, como “Mitos y Leyendas” tampoco han logrado un buen comportamiento en salas. Esto significa que tanto la película de autor, como la de industria sufren el mismo destino. Esto apunta entonces a tener que agudizar el análisis, porque claramente no responden al mismo problema. Es difícil pensar que “Mitos y Leyendas” le de la espalda al público cuando su temática está directamente ligada al juego de rol de mayor éxito masivo en nuestro país. Tampoco es correcto esperar que una película de autor se transforme en el gran éxito de taquilla. (aunque pueda ocurrir, no es la lógica que mueve al autor)

Al parecer algunas películas requieren efectivamente una estrategia de marketing a la par con los Blockbuster, y otras requieren mejores espacios de exhibición y probablemente instrumentos públicos más amables.

Esto debe comprenderlo el Estado, y debe también plantear con claridad lo que comprende por Industria. No olvidemos que nuestra institucionalidad audiovisual se llama Consejo de las Artes y la Industria Audiovisual, y al parecer es Estado viene implementado medidas de Industria que ocupan nuestros artistas. He ahí la dicotomía.

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