
Hace frío, está oscuro, llueve y en el centro de la intersección de las calles está Esteban Apablaza tendido en posición fetal.
Siempre me ha inquietado lo solitaria que puede volverse la vía pública cuando estás desamparado en dependencia total de las miradas que te encuentren. Quién vendrá por mi, y si no puedo hablar y quiero decir algo? A que lugar me llevaran? Y el miedo? Se debe sentir mucho miedo.
El temor de esa fantasía me moviliza rápidamente y en menos de 1 minuto he llamado a la ambulancia y estoy en el suelo tomándole la mano a Esteban, que está mojado y algo le duele mucho. No se de nada pero me dejo llevar por el estricto y primario sentido común. Le hablo, le digo que no se mueva, y le pido que confíe en mi.
Nunca antes lo había visto, ni siquiera se si Esteban es una buena persona, tal vez no lo sea, pero en ese momento se transforma en lo más importante, lo único importante.
La gente de pié alrededor inmovilizada, a la expectativa del espectáculo. Le pido que me diga el número de su casa “vamos a llamar a tu familia, no te preocupes, viene la ambulancia en camino y no estas solo”. Le saco los guantes mojados, su manos están entumecidas, me saco el pañuelo del cuello y se lo envuelvo en los dedos. “Mírame, no te quedes dormido, intenta mover los dedos de los pies y dime si los sientes”, “si, los siento” “está todo bien entonces, esto duele pero va a estar todo bien”
El tiempo adquiere su propio ritmo y la subjetividad de la urgencia y el dolor hace que los minutos naveguen lento en la noche. El tiempo es uno solo y ahora es lento.
Desde el suelo la imagen se corta en las rodillas de muchas personas a nuestro alrededor, le comento a Esteban cualquier cosa que lo mantenga despierto, lo tapo con una frazada intentando darle calor en medio de la calle mojada que refleja las luces, los cables del tendido eléctrico y los brillos de los autos que pasan ahora más lento por entre medio de nosotros.
Se oye la ambulancia por fin “viste, ya llegó la ambulancia, ahora te van a llevar al hospital y vas a estar bien, tu papá ya sabe y viene en camino”
Dos hombres bruscos y con el desdén del paramédico lo rodean y con toda la brusquedad del mundo se hacen cargo de la situación. Yo no suelto la mano de Esteban, que probablemente haya sido el único gesto humando de esa escena. Sacan tijeras, cortan la mochila, la cinta del casco, le inmovilizan el cuello, le acomodan la camilla en la espalda y rápidamente lo vuelcan sobre ella. Esteban grita de dolor. Le suelto la mano subiendo a la ambulancia, su papá está acá
Me doy cuenta que mi ropa esta mojada, y que yo también tirito.
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