A mi lado, en la misma mesa hay una mujer de unos 50 años con delantal de enfermera, lee una revista junto a otra mujer más joven, que claramente debe ser su hija. Ella también lee, un libro. Ambas en silencio comparten su propio espacio
Al otro lado otras dos mujeres, trabajan revisando un guión. Oigo hablar de las líneas dramáticas y de cómo hacer que se crucen en forma lógica y verosímil. Es el comienzo, perfilan personajes, le definen la profesión a una mujer que es de otra época. Acaban de inventar otro universo, paralelo que ya tiene vida propia.
A la izquierda madre y la hija siguen en silencio la lectura. Tienen el mismo rostro, solo que ambos, así dispuestos uno al lado del otro son la evidencia del paso del tiempo, el antes y el después de una sola mujer. Los gestos de las manos son automáticos, nada interrumpe la concentración de la lectura. En realidad sólo sus cuerpos están acá, y desde sus ojos se puede ver la profundidad del universo en el que están sumergidas. La más joven lee como acto involuntario, no tiene más de 15 años y las hojas dan vuelta demasiado rápido. Quizás cuantas páginas ha leído ya en su vida. La más grande acomoda la revista en la mesa, lleva el ceño fruncido y sus ojos leen guiados por el índice apoyado en las palabras.
Han terminado la escaleta, eso quiere decir que el universo ya tiene lógica, ya hay drama. Cierran el trabajo y ahora dividen detalladamente el desglose de la cuenta. El computador se cierra, adentro queda abierta una nueva historia que ya existe.
La madre le comenta su lectura, se escucha “medico de profesión” y la hija responde, “interesante”. La revista queda en la mesa, da lo mismo, viene gratis en el diario, a nadie le importa después de leerla.
Entre medio estoy yo, deseando ser transparente para poder componer mis propios primeros planos.
te envidio, yo quisiera escribir así
ResponderEliminar